La ambulancia se llevó a mi madre esa noche; al día siguiente regresé a su departamento y mi suegra ya estaba instalándose como si fuera suyo. “No desperdicies una casa vacía”, me dijo mientras movía sus pertenencias. Yo no la eché ni discutí: hice una llamada de menos de dos minutos y, horas después, empezó su verdadero problema.

En la sala había música.

Encontré dos maletas abiertas en el pasillo.

Entré a la recámara.

Y tuve que apretar los dientes.

La ropa de mi mamá estaba amontonada sobre la cama.

Sus vestidos habían sido sacados del clóset.

En su lugar colgaban blusas brillantes, sacos de lentejuelas y vestidos de mi suegra.

Ofelia, usando un conjunto deportivo color vino, vaciaba uno de los cajones de mi mamá.

—Buenas tardes.

Pegó un brinco.

—¡Mariana! ¿Qué haces aquí?

—Podría preguntarle lo mismo.

Ofelia recuperó rápidamente su arrogancia.

—Raúl me dio permiso.

—Raúl no es dueño de esta casa.

—Ay, no exageres. Lucía está hospitalizada. La casa estaba desperdiciándose. Además, yo necesito tranquilidad.

Miré la ropa tirada.

—¿Por qué sacó las cosas de mi mamá?

Ofelia hizo un gesto de desprecio.

—Porque ocupan espacio. Las voy a meter en cajas y mandar al cuarto de servicio. Cuando una se instala necesita comodidad.

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