La ambulancia se llevó a mi madre esa noche; al día siguiente regresé a su departamento y mi suegra ya estaba instalándose como si fuera suyo. “No desperdicies una casa vacía”, me dijo mientras movía sus pertenencias. Yo no la eché ni discutí: hice una llamada de menos de dos minutos y, horas después, empezó su verdadero problema.

Entonces dijo algo que nunca voy a olvidar.

—Además, Mariana, hay que ser realistas. Tu mamá ya está grande. Nadie sabe cuánto tiempo podrá seguir viviendo sola aquí.

Me quedé inmóvil.

Mi madre llevaba tres días hospitalizada y aquella mujer ya estaba hablando de su casa como si estuviera esperando una herencia.

—¿Eso piensa?

—No seas dramática. Mejor recoge tus papeles y vete. Raúl debe tener hambre.

Saqué mi teléfono.

—Antes quiero enseñarle algo.

Abrí un video que la tía Chayo me había enviado veinte minutos antes.

Subí el volumen.

En la pantalla apareció su cara sonriente.

Detrás de ella reconocí inmediatamente la sala de Ofelia.

—¡Marianita! ¡Ya llegamos! Dile a Ofelia que muchas gracias por prestarnos su casa.

Mi suegra dejó de respirar.

En el video, Beto apareció cargando un enorme costal.

—¡Pon las cebollas en la sala, Beto! —gritó Chayo—. Ahí junto al tapete, para que se aireen.

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