El martes dejé a mis padres en una residencia y volví solo a casa, sintiendo que había cerrado una puerta para siempre.
Me llamo Javier, tengo 47 años y vivo en Valladolid. Hasta hace una semana pensaba que era un hijo decente.
Ahora ya no estoy tan seguro.
Llevé a mi madre y a mi padre a una residencia de mayores a unos veinte minutos de casa. Firmé unos papeles, dejé sus bolsas junto a dos camas estrechas y me fui.
Dicho así parece sencillo.
Pero por dentro me rompió entero.
Cuando cuentas algo así, la gente baja la voz. Te dicen: “Hiciste lo que pudiste”. O: “Llega un momento en que no hay otra opción”.
Pero luego ves sus ojos.
Y en sus ojos está la frase que nadie se atreve a decirte en voz alta:
“Ellos te criaron, te dieron de comer, te cuidaron cuando no podías valerte por ti mismo… y tú ahora los dejas en una residencia.”