No puedo decir que no duela.
Duele porque una parte de mí piensa exactamente lo mismo.
Mi madre se llama Carmen. Tiene 78 años y Alzheimer.
Mi padre se llama Antonio. Tiene 81 y desde un ictus pasa casi todo el día en la cama. Antes era un hombre fuerte. De esos que no pedían ayuda ni para subirse a una escalera. Siempre llevaba la camisa bien metida por dentro y los zapatos limpios, aunque solo fuera a comprar el pan.
Ahora no puede levantarse solo.
Mi madre era la persona más ordenada que conocí. En su cocina no había una taza fuera de sitio. Doblaba los trapos como si fueran sábanas de hotel. Siempre olía a café recién hecho, a jabón y a comida de casa.
Ahora a veces no sabe dónde está el baño.
A veces me mira como si yo fuera un vecino que ha entrado sin permiso.