Pero luego voy a verlos.
Veo a mi madre doblando servilletas como si estuviera poniendo orden en el mundo.
Veo a mi padre junto a la ventana, esperando el bizcocho y fingiendo que no le hace ilusión.
Veo la bufanda verde sobre sus rodillas.
Y entiendo que no los dejé atrás.
Cambié el lugar desde donde los cuido.
Ahora no soy enfermero, cocinero, vigilante y hombre roto a la vez.
Ahora soy su hijo.
Puedo sentarme.
Puedo escuchar.
Puedo llevar bizcocho.
Puedo poner música.
Puedo dejar que otras manos hagan lo que las mías ya no podían hacer solas.
Y eso no borra el dolor.
Pero lo vuelve más humano.
Mi madre no siempre sabe mi nombre.
Pero a veces me toca la cara y dice:
“Tienes cara de buen chico.”
Yo le contesto:
“Eso intento, mamá.”
Mi padre habla cada vez menos.
Pero cuando me voy, levanta dos dedos en el aire, como hacía cuando yo era joven y salía de casa.