Me costó contestar.
“Estoy aprendiendo.”
Él asintió.
“Eso también es cuidar.”
Le di un beso en la frente.
A mi padre.
El hombre que antes me daba vergüenza abrazar en público.
El hombre que nunca decía “te quiero” con palabras grandes.
Ese día se lo dije yo.
“Te quiero, papá.”
Él apretó los labios.
Miró hacia otro lado.
“Yo también, hijo.”
Luego añadió:
“Pero no te pongas pesado.”
Me reí.
Y esa risa me salvó un poco.
Hoy ha pasado casi un año desde aquel martes en que los dejé en la residencia y volví solo a casa.
La culpa no se ha ido del todo.
No voy a mentir.
Hay días en los que todavía me despierto pensando que tendría que haber aguantado más.
Que tendría que haber sido más fuerte.
Que otros hijos pueden y yo no pude.