Esa fue su decisión.
Durante toda su vida, otras personas habían elegido cuándo debía conocer la verdad.
Ahora ella elegiría el ritmo.
El juez respetó esa distancia.
No llamó todos los días.
No llegó con regalos.
No intentó utilizar a Renata como puente.
Mandó un solo mensaje a través de Mariana después de que ella aceptó darle un número de contacto personal.
«Cuando tú quieras.»
Nada más.
Pasaron once días antes de que Mariana respondiera.
Aceptó tomar un café con él en un lugar tranquilo.
Teresa no fue.
Renata tampoco.
Mariana quería conocer al hombre sin convertir inmediatamente ese encuentro en una reunión familiar.
Él llegó antes y se levantó al verla.
Mariana señaló la silla.
—No tiene que hacer eso.
—No sé qué se supone que debo hacer.
—Yo tampoco.
Aquella fue probablemente la primera conversación completamente sincera que tuvieron.