Hablaron de cosas pequeñas.
Qué estudiaba Mariana antes de casarse.
Por qué había dejado un trabajo cuando nació Renata.
Qué música escuchaba su madre cuando limpiaba la casa.
Qué tanto odiaba Mariana el cilantro de niña y cómo Renata parecía haber heredado exactamente la misma pelea con la comida.
En algún momento, el juez sonrió.
—Tu mamá también lo apartaba del plato como si fuera veneno.
Mariana lo miró.
Era una tontería.
Precisamente por eso le dolió.
Treinta y dos años podían esconderse en detalles así de pequeños.
—No quiero recuperar una infancia que ya pasó —dijo Mariana—. Eso no se puede.
—Lo sé.
—Y tampoco quiero que intente compensarla con dinero.
Él asintió.
—De acuerdo.
—Si va a estar, empiece por estar.
No pidió más.
Él tampoco prometió más.
Mientras tanto, Diego enfrentó una realidad que no podía arreglar con frases suaves.