Diego dejó de buscar palabras bonitas.
—Sí.
—Todavía estoy enojada.
—Lo entiendo.
—No, todavía no.
Renata colgó poco después.
Mariana no la felicitó ni la corrigió.
Solo le sirvió agua y se sentó junto a ella.
—¿Estás bien?
Renata se encogió de hombros.
—No sé.
—Yo tampoco sé muchas cosas últimamente.
La niña apoyó la cabeza en su brazo.
—Pero tú sí sabes que el bebé está bien.
Mariana sonrió.
—Eso sí.
El nacimiento llegó semanas después sin la escena dramática que todos parecían esperar después de tantos problemas.
Mariana entró al hospital acompañada por su madre y con Renata dejando instrucciones desde casa sobre el nombre que, según ella, debía tener el bebé.
Andrés no apareció sin invitación.
El juez tampoco.
Mariana había pedido espacio y ambos lo respetaron.
Cuando el bebé nació, sano y ruidoso, Mariana lloró de una manera que no se parecía al miedo de las escaleras.