—Estamos bien.
Teresa soltó el aire.
—Gracias a Dios.
Mariana cerró los ojos un momento.
—Mamá, estoy en el juzgado.
Al otro lado hubo una pausa.
—¿Otra vez?
—Sí.
Mariana miró al juez.
—Hay alguien aquí que dice conocerte.
Teresa no preguntó quién.
Eso fue lo que le confirmó a Mariana que la conversación ya había cambiado.
—Mamá.
—No hagas esto ahí.
—¿Hacer qué?
Teresa respiró con dificultad.
—Mariana, regresa a casa y hablamos.
—El juez que estaba viendo mi expediente leyó mi acta de nacimiento.
Nada.
—Mamá, me preguntó si tú eres Teresa Elena Leyva.
La voz de Teresa salió casi en un susurro.
—Sí.
Mariana sintió que Renata le apretaba la mano.
—Dice que es mi padre.
Teresa lloró.
No negó nada.
Mariana sintió enojo antes que alivio.
—Treinta y dos años, mamá.
—Yo quería protegerte.
—¿De qué?
—De una promesa que él no pudo cumplir y de una familia que no quería saber de mí.