Ella lo miró incrédula. Después asintió con la cabeza.
El sábado llegó a las seis menos diez, con botas nuevas y los ojos medio dormidos. Pasó el día cargando sacos y aprendiendo a manejar el tractor que habíamos reparado. Cuando atardeció, tenía las manos llenas de ampollas y una sonrisa que no le había visto en el banco.
—Pensé que sería un castigo —me confesó—. Y ha sido lo mejor que me ha pasado en meses.
El abuelo, sentado en el borde del remolque, solo comentó:
—El que aprende a mirar, nunca vuelve a mirar a nadie por encima del hombro.
Desde entonces, cada vez que vamos al banco, Paola sale de su ventanilla a saludar. Y todos los clientes, vistan lo que vistan, reciben exactamente el mismo trato.