Ahora era él quien necesitaba salir de una frase que había dicho por voluntad propia.
—La hacienda —respondió finalmente.
—¿Por qué la hacienda dependía de llamar accidente a la muerte de Mateo?
Severiano no contestó.
Se fue.
Pero ya no podía retirar lo que había admitido.
En los días siguientes apareció la caja de lata.
No llegó acompañada de una confesión espectacular ni de un desconocido salvador.
La encontró Jacinta siguiendo una costumbre de Mateo que ella misma conocía.
Cuando necesitaba esconder papeles del polvo o de la humedad durante temporada de lluvias, los metía dentro de un hueco seco bajo las tablas de un viejo arcón donde guardaban semillas.
La marca bajo la caja de herramientas no correspondía a la caja de lata, como ella había supuesto.
Correspondía a una bandeja de reparación que Mateo había movido poco antes de morir.