La Cincha Cortada Que Cambió El Destino De Jacinta Salazar Para Siempre-lbsuong

Gabriel recorrió el jacal sin tocar más de lo necesario.

La cama estaba tendida, el sombrero colgaba de un clavo y, junto a una pata de la mesa, había marcas recientes de botas sobre el polvo húmedo.

—Tenemos que salir de aquí —dijo.
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Jacinta no se movió.

—Él encontró a Mateo.

—Y precisamente por eso alguien no quiere que vuelva a hablar.

Ella miró hacia la vereda negra.

Horas antes habían disparado contra su ventana.

Ahora Tomás había desaparecido.

La amenaza ya no estaba escondida detrás de un juicio de herencia ni de palabras pronunciadas desde un caballo.
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Alguien estaba dispuesto a proteger el secreto de la muerte de Mateo.

Gabriel cerró la llave del bebedero y encontró, debajo del banco, la manta que Tomás había usado para envolver el cuero.

Nada más.

No había carta.

No había confesión conveniente.

Solo la ausencia de un hombre que había guardado durante ocho meses una pieza que podía destruir la versión aceptada de aquella caída.

Jacinta apretó el envoltorio contra el pecho.
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—Severiano sabía que Tomás había hablado contigo.

Gabriel la miró.

—Eso todavía no demuestra quién disparó ni quién se lo llevó.

—Pero demuestra que alguien nos está siguiendo los pasos.

Volvieron antes del amanecer por un camino más largo.

Jacinta no quiso entrar de inmediato a su casa.

La ventana rota parecía una boca oscura sobre la pared.
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Durante meses había defendido aquel lugar porque era lo último que sentía suyo.

Ahora comprendía que la casa podía convertirse en una jaula si seguía guardando ahí la única prueba que tenía.

—No voy a esconder el cuero aquí —dijo.

Gabriel asintió.

—Entonces decida dónde quiere que esté.

Aquella frase la hizo voltear.

No le dijo que él se encargaría.
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No le pidió que confiara a ciegas.

Le devolvió la decisión.

Jacinta observó la vieja caja de herramientas que Mateo había dejado en el cobertizo y recordó algo pequeño: su esposo nunca guardaba la montura junto con los aperos de reparación.

Decía que el sudor del cuero echaba a perder las herramientas.

Entró al cobertizo.

La caja seguía debajo de una repisa.

Al levantarla encontró un espacio rectangular más limpio que el resto del polvo.
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