La Cincha Cortada Que Cambió El Destino De Jacinta Salazar Para Siempre-lbsuong

Algo había estado ahí durante años.

Y ya no estaba.

—Mateo guardaba sus papeles de compra en una caja de lata —dijo—. Recibos de ganado, cuentas del maíz, reparaciones de cercas. Todo.

Gabriel miró la marca limpia.

—¿Desapareció después de su muerte?

—No lo sé. Nunca pensé en buscarla.

Jacinta cerró los ojos apenas un instante.
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Había pasado ocho meses intentando demostrar que había trabajado junto a Mateo en la hacienda.

Ocho meses discutiendo cosechas, ganado y dinero congelado.

Y durante ese tiempo Severiano había repetido una sola idea: que todo pertenecía a la sangre Salazar.

Tal vez la muerte y la herencia no eran dos problemas distintos.

Tal vez siempre habían sido el mismo.

Al mediodía, Severiano apareció frente a la cerca.

No llevaba sombrero de fiesta ni sonrisa.
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Llegó acompañado únicamente por el caballo que montaba y se quedó del otro lado del portón.

—Anoche escucharon disparos —dijo.

Jacinta sintió que Gabriel se tensaba detrás de ella.

—Qué rápido viajan las noticias.

Severiano ignoró la respuesta.

—La sierra está llena de hombres borrachos y pleitos ajenos. No conviene andar haciendo preguntas donde nadie las pidió.

—Tomás Becerra desapareció.
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Por primera vez, Severiano tardó un segundo más de lo normal en contestar.

—Tomás bebe.

—Su cuchillo seguía en la mesa.

—Entonces volverá por él.

Jacinta abrió el portón solo lo suficiente para quedar frente a su cuñado.

—¿También volverá por el bebedero que dejó corriendo?

Severiano bajó la vista hacia sus manos.
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No hacia su cara.

Hacia sus manos.

Jacinta lo notó.

El fragmento de cuero estaba oculto debajo de su ropa, pero él parecía buscarlo de todos modos.

—Firma la cesión —dijo Severiano—. Te doy dinero suficiente para empezar en otro sitio y terminamos con esto.

—Ayer querías que me fuera sin nada.

—Ayer todavía pensaba que eras razonable.

—No. Ayer pensabas que estaba sola.

Gabriel dio un paso, pero Jacinta levantó una mano sin mirarlo.

No necesitaba que hablara por ella.

—¿Cuánto vale mi silencio, Severiano?

Él endureció la mandíbula.

—Estás convirtiendo una desgracia en una acusación.

—Yo no mencioné ninguna acusación.

Severiano comprendió demasiado tarde que había respondido a algo que ella no había dicho.

Jacinta sostuvo su mirada.

—¿Qué desgracia crees que estoy convirtiendo en acusación?

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