Pero por primera vez desde el entierro, la versión de Severiano dejó de ser la única historia aceptada.
El golpe final no llegó de un documento nuevo.
Llegó del propio Severiano.
Cuando supo que las cuentas de Mateo habían aparecido, volvió a buscar a Jacinta una noche antes de que entregaran las copias correspondientes.
Gabriel estaba reparando una tabla del corral.
Tomás se había marchado a descansar a otro rancho.
Severiano permaneció afuera de la cerca.
—Dame la caja —dijo.
Jacinta lo miró desde el patio.
—¿Por qué?
—Porque contiene asuntos de mi familia.
—Mateo era mi esposo.
—Era mi hermano primero.
Jacinta sintió algo parecido a tristeza.
No por él.
Por Mateo.
Porque en esa frase comprendió una parte de la herida que quizás había existido mucho antes que ella.
Severiano veía cada vínculo como una jerarquía.
Sangre antes que matrimonio.
Apellido antes que trabajo.
Propiedad antes que cariño.
—No te daré nada —dijo.
Severiano agarró el portón.
—No entiendes. Mateo iba a quitarme todo.
Jacinta no parpadeó.
Gabriel dejó de martillar.
—¿Todo qué?
Severiano se dio cuenta.
Pero esta vez no pudo retroceder.
—Lo que me correspondía.
—Las reses que vendiste.
—Eran de la familia.
—Eran de la hacienda de Mateo.
—¡Era Salazar igual que yo!
—Y por eso creíste que podías tomar lo suyo.
Severiano golpeó el portón con la palma.
—Él iba a denunciarme ante mi padre, a dejarme sin parte, a tratarme como ladrón.
Jacinta sintió que el aire se volvía pesado.
—¿Fuiste a verlo el día que murió?
Severiano no respondió.
Gabriel no se acercó.
No necesitaba hacerlo.
Jacinta repitió la pregunta.
—¿Fuiste con Mateo a la barranca?
—Solo quería hablar.
La respuesta salió baja.
Jacinta sintió que las piernas querían fallarle, pero se mantuvo de pie.
—¿Cortaste la cincha?
—No para matarlo.
Severiano cerró los ojos después de decirlo.
Ya era tarde.
Jacinta no dijo nada.
Él siguió hablando, como si cada palabra pudiera arreglar la anterior.
Había cortado parcialmente el cuero para obligar a Mateo a detenerse durante el camino, explicó.
Quería confrontarlo lejos de la casa, asustarlo, hacerle entender que no podía dejarlo fuera de la herencia familiar.
Según Severiano, esperaba que la cincha cediera en terreno llano.
Pero Mateo tomó la ruta de la barranca.