Ricardo escuchó cada palabra.
Cuando la llamada terminó, se quedó mirándome como si estuviera frente a una mujer completamente desconocida.
Quizá lo estaba.
La Mariana que había confiado ciegamente en él acababa de desaparecer.
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Aquella noche no dormí.
Me encerré en la habitación con Valentina y llamé a una amiga de confianza para contarle lo sucedido. Ella aceptó venir a buscarme si necesitaba salir de la casa.
No quería tomar decisiones precipitadas, pero tampoco iba a ignorar las señales de peligro.
A la mañana siguiente, fui acompañada a revisar los documentos que conservaba de la herencia de mi padre.
Encontré la escritura original, el certificado de inscripción y una carta que él había escrito poco antes de morir.
La abrí con las manos temblorosas.
«Mariana, esta casa no es solamente un techo. Es el resultado de años de trabajo y sacrificio. Algún día quizá compartas tu vida con alguien, y deseo que esa persona te quiera tanto como yo te quiero a ti. Pero recuerda algo: amar a alguien no significa renunciar a tu derecho a decidir sobre tu propio futuro».