Tal vez porque una parte de ella todavía esperaba descubrir que la escena había sido menos cruel de lo que recordaba.
No lo había sido.
—Gracias por decirme la verdad.
Jacinto montó y desapareció hacia el norte.
Tomás apagó el fuego, soltó las gallinas y abrió la cerca del huerto.
No destruyó la casa.
No quemó nada.
Elena lo observó guardar el violín dentro de una caja sencilla y dejarlo debajo de la cama.
—¿No lo lleva?
—No puedo cargar todo lo que quiero salvar.
Elena entendió demasiado bien aquella respuesta.
Salieron por detrás cuando la luz empezaba a caer entre los árboles.
Tomás iba adelante con un caballo y Elena detrás con el otro, pero al llegar al cauce viejo desmontaron porque las piedras hacían demasiado ruido bajo los cascos.
Durante casi una hora descendieron a pie.
Elena llevaba la bolsa cruzada contra el cuerpo.