Cada vez que golpeaba su cadera, sentía dentro los papeles y la fotografía de su padre.
Pasado y presente viajaban en la misma tela.
Entonces escucharon un disparo muy lejos, hacia el norte.
Elena se detuvo.
—Jacinto.
Tomás miró hacia las montañas.
—O alguien intentando que pensemos en Jacinto.
Siguieron.
Poco después encontraron huellas frescas de caballo atravesando el cauce.
Tomás se agachó.
—Nos esperaban también aquí.
Elena sintió que la esperanza se le hundía.
—¿Cómo?
Tomás miró las marcas.
—Porque Evaristo no vino a pedirme una ruta. Vino a confirmar qué ruta todavía considero segura.
Aquella fue la segunda verdad que cambió todo.
Los Cuervos no necesitaban conocer cada sendero.
Les bastaba conocer a Tomás.
Sus hábitos.
Sus precauciones.
La manera en que pensaba.
—Entonces deje de elegir usted —dijo Elena.
Tomás levantó la vista.