Ella señaló río abajo.
—Yo llegué hace dos días. Evaristo no sabe lo que recuerdo ni lo que elegiría.
El cauce se dividía unos metros adelante.
Tomás habría escogido la parte seca, más rápida.
Elena eligió la que todavía llevaba agua hasta las rodillas.
Avanzaron por ella durante un largo tramo para borrar sus huellas.
Cuando finalmente salieron entre pinos espesos, ya podían ver desde arriba una curva del sendero principal.
Cuatro jinetes aparecieron poco después.
Uno era Evaristo.
No llevaba prisa.
Eso fue lo peor.
Se detuvo justo donde las huellas desaparecían y miró alrededor.
—Arriaga —gritó—. No puedes esconderte toda la vida.
Tomás permaneció inmóvil detrás de las ramas.
Elena sostuvo la bolsa contra su pecho.
Evaristo continuó.
—Entrégame los papeles y la muchacha puede irse.
Elena miró a Tomás.