Ella bajó los ojos.
Por primera vez desde que Rafa apareció en su vida, la vi otra vez tan frágil como aquella tarde del pienso.
Pero ahora había algo distinto en su cara.
No era solo miedo.
Era culpa.
—Me imaginaba que quizá… —tragó saliva— quizá ya no quería venir.
—¿Por qué no iba a querer venir?
Doña Carmen acarició el borde del sobre con los dedos.
—Porque creo que se ha enterado de que yo lo sabía.
No entendí nada.
La miré con la misma cara que debí poner cuando Rafa me confesó su secreto.
—¿Que sabía qué?
Ella levantó la vista.
Los ojos le brillaban, pero no lloraba.
—Que Rafa no conocía a mi Carlos.
Se me fue el aire.
Durante unos segundos, solo se oyó el pitido de otra caja al fondo.
Doña Carmen sonrió con una tristeza suave.