Me dije que no era asunto mío.
Que quizá Rafa tenía trabajo.
Que quizá Bruno estaba cansado.
Que quizá Doña Carmen había salido más tarde.
Pero cuando una rutina se convierte en algo que te sostiene por dentro, su ausencia se nota como una silla vacía en una mesa familiar.
Al día siguiente tampoco pasaron.
Y al tercero, Doña Carmen entró sola en el supermercado.
La vi aparecer por la puerta automática con su abrigo gris, su bolso antiguo y ese andar pequeñito, como si cada paso le costara pedir permiso al suelo.
No llevaba a Bruno.
No llevaba lista de la compra.
Solo traía un sobre blanco apretado contra el pecho.
Se acercó a mi caja sin coger cesta.
—Hija —me dijo en voz baja—, ¿ha venido Rafa?
Sentí que se me helaba la sonrisa.
—No, Carmen. Hace un par de días que no lo veo.