No me importó que mi encargada me mirara raro desde el pasillo.
—Rafa, ella lo sabía.
Él abrió los ojos.
—¿Qué?
—Lo supo desde el primer día.
La cara se le quedó blanca.
—Entonces soy aún más imbécil.
—No. Entonces ella también te estaba cuidando a ti.
Rafa se tapó la cara con las manos.
Y ahí, en mitad del súper, con las luces del cierre encendidas y el suelo recién fregado, me contó su otra verdad.
No con detalles oscuros.
No con grandes dramas.
Solo con esa sencillez que tiene la gente cuando ya no le quedan fuerzas para aparentar.
Me dijo que llevaba años sintiéndose fuera de sitio.
Que la protectora le había salvado tanto como él salvaba animales.
Que pasear a Bruno se había convertido en la primera cosa bonita que hacía cada día sin sentirse inútil.