—Yo pensaba que la estaba ayudando a ella —dijo—. Pero cuando Bruno me miraba desde el portal, cuando Carmen me decía “hasta mañana, hijo”, yo… yo volvía a ser alguien.
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Aquella palabra lo desarmó.
Hijo.
No pude hablar.
A veces una palabra pesa más que una maleta llena.
Al día siguiente, a las cinco en punto, Rafa volvió al portal de Doña Carmen.
Yo no estaba allí, pero ella me lo contó después.
Me dijo que abrió la puerta antes de que él llamara.
Que Rafa estaba en el rellano, con la correa azul en una mano y la foto de Carlos en la otra.
Que no pudo mirarla a los ojos.
—Perdóneme —le dijo—. No tenía derecho.
Doña Carmen le tocó la manga de la chupa.