—Mírame, Rafael.
Él levantó la cabeza como un crío regañado.
—Tú no me quitaste la verdad —le dijo ella—. Me devolviste las ganas de levantarme por la mañana.
Rafa empezó a llorar otra vez.
Doña Carmen también.
Bruno, que debía estar cansado de tanto drama humano, empujó la puerta con el hocico y se metió entre los dos.
Según Carmen, fue él quien arregló la conversación.
Porque se sentó encima del pie de Rafa y no se movió hasta que le pusieron la correa.
Ese día caminaron menos.
Solo dieron la vuelta a la manzana.
Pero volvieron los tres.
Rafa llevó el saco de pienso.
Carmen preparó café.
Y por primera vez, Rafa se sentó en la cocina sin fingir que venía de parte de nadie.
La mentira terminó allí.
Pero la familia empezó justo después.
Desde entonces, los jueves por la tarde, Rafa cenaba en casa de Doña Carmen.