Nadie sacaba fotos.
Nadie hacía discursos.
Unos dejaban arroz.
Otros leche.
Otros latas.
Y lo más curioso es que la gente que más dejaba era, muchas veces, la que menos parecía tener.
Doña Carmen al principio protestó.
Claro que protestó.
Pero Rafa le dijo algo que aún recuerdo.
—Aceptar cariño no es perder la dignidad. A veces es dejar que otros tengan la alegría de dar.
Ella no respondió.
Solo le dio un golpe suave en el brazo con el paño de cocina.
Pero al día siguiente cogió de la cesta un paquete de galletas.
Y dejó a cambio dos bufandas de lana hechas por ella.
“Para quien tenga frío”, escribió en un papelito.
Así era Carmen.
No sabía recibir sin entregar un pedazo de su alma.
Bruno también mejoró.
No rejuveneció, porque los milagros de verdad no funcionan así.