La Mentira Más Bonita del Hombre Tatuado que Salvó a una Anciana

Seguía siendo un perro mayor.

Seguía levantándose despacio.

Seguía teniendo días buenos y días regulares.

Pero ya no caminaba encogido.

Ya no parecía un animal esperando el final.

Cuando veía a Rafa por el ventanal, tiraba un poco de la correa, como si todavía le quedara un cachorro escondido dentro.

Y Rafa se reía.

Esa risa suya, grave y torpe, empezó a llenar la calle cada tarde.

Una tarde, meses después, Doña Carmen entró en el súper con Bruno y con Rafa.

Los tres juntos.

Carmen traía una lista en la mano.

Bruno llevaba un pañuelo azul al cuello.

Rafa cargaba una cesta llena de cosas sencillas: pan, huevos, verduras, pienso, yogures y un paquete de café.

Al llegar a mi caja, Carmen me miró muy seria.

—Hoy pago yo.

Rafa abrió la boca para protestar.

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