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Pero lo que Rafa no sabía era que Doña Carmen también llevaba semanas guardando una mentira.
Y la suya, quizá, era todavía más grande.
Todo empezó un martes cualquiera, de esos en los que el súper del barrio parece respirar despacio.
Eran casi las cinco de la tarde.
Yo estaba colocando bolsas detrás de la caja cuando levanté la vista hacia el ventanal, esperando ver la escena de siempre.
Rafa.
Bruno.
La correa azul.
El paso lento del perro viejo.
Y ese gigante tatuado caminando a su lado como si llevara del brazo a un abuelo.
Pero aquel día no pasaron.
Miré el reloj una vez.
Luego otra.
A las cinco y veinte, empecé a preocuparme.
A las cinco y media, ya tenía un nudo en el estómago.