—Hija mía... precisamente hoy nos falló la donación del comedor parroquial y solo teníamos té y frijoles ralos para los dieciocho niños que tenemos internados. Esto es un milagro del cielo. Pasa, por favor, pasad las dos.
Lo que ocurrió durante las siguientes dos horas borró de un plumazo toda la mugre y la humillación que habíamos vivido en el jardín de mi madre.
Las voluntarias montaron mesas largas con manteles limpios de plástico de cuadros. Sofía, que hacía menos de una hora estaba parada con su plato junto al cuenco de un perro, fue sentada en la cabecera de la mesa principal, rodeada de niñas y niños de su edad que la miraban con admiración. Servimos raciones generosas de lomo, bañadas en salsa tibia, acompañadas de verduras al vapor y rebanadas de pan de corteza dorada.