Toqué el timbre tres veces. La hermana Teresa, una mujer mayor de rostro bondadoso y manos curtidas por el trabajo duro, abrió la mirilla con desconfianza debido a la hora, pero sus ojos se iluminaron al reconocerme.
—¡Mariana, hija! ¿Qué haces por aquí con esta lluvia?
—Buenas noches, hermana —le dije, bajando del coche y abriendo el maletero—. Vengo a pedirles un favor enorme. Traigo una cena completa para más de treinta personas: carne asada, guisos calientes, ensaladas, pan recién horneado y una tarta de celebración. Está todo intacto, limpio y caliente. Si no lo comen ustedes hoy, se va a perder. ¿Tienen sitio en el comedor para Sofía y para mí?
La monja miró el interior del coche, repleto de cacerolas humeantes, y luego me miró a mí, comprendiendo de inmediato que detrás de aquella comida había una historia de dolor que no necesitaba ser explicada con palabras.