Ver a mi hija reír a carcajadas mientras compartía su refresco con un niño pequeño, viéndola saborear la carne tierna que con tanto amor le había preparado, me devolvió el alma al cuerpo.
Cuando llegó el momento del postre, encendimos una vela en el centro de la gran tarta de tres pisos. Borré cuidadosamente el letrero de azúcar que decía «Felices 60, mamá» con una espátula limpia y, con la manga pastelera que guardaba en mi estuche, tracé unas letras nuevas con mermelada de fresa: Para Sofía y sus nuevos amigos.
Todos los niños del albergue cantaron y aplaudieron con una alegría tan pura, tan limpia y tan ajena al veneno del dinero, que sentí que cada centavo de los seis mil pesos que había gastado acababa de multiplicarse en bendiciones. Aquella comida no se había desperdiciado; había encontrado a sus verdaderos destinatarios.