Sonreí con frialdad en la penumbra del pasillo. Guardé el audio en una carpeta de respaldo en la memoria externa del teléfono. Luego reproduje el de mi madre, cuya voz fingía un llanto desconsolado mezclado con reproches teatrales:
«Mariana... hija descastada... ¿cómo pudiste hacerme esto a mí, que te di la vida? Todo el mundo vio cómo me humillaste. Dicen mis cuñadas que estás loca de celos porque a tu hermana le va bien y tú sigues metida en una panadería mugrienta. No sé qué papel viste en la papelera, pero estás malinterpretando las cosas. Tu padre siempre fue un hombre desordenado y dejó muchas deudas. Ese dinero era para pagar los gastos médicos que dejó pendientes. Ven mañana a primera hora a mi casa, devuélveme ese documento y hablaremos como gente decente. Si no vienes, despídete de la familia para siempre. Ya no existes para nosotros».