—No, mamá —susurré para mis adentros, bloqueando el número de ambas sin responderles una sola palabra—. Quienes van a desaparecer del mapa son ustedes.
A las nueve y media de la noche, después de despedirnos de la hermana Teresa con abrazos sinceros y promesas de volver, subí a Sofía al coche. La niña se quedó profundamente dormida a los cinco minutos, con una sonrisa tranquila en los labios y la barriga llena.
En lugar de irme directamente a nuestro pequeño apartamento en el barrio de Xanenetla, me dirigí a una colonia residencial en las faldas de los Fuertes de Loreto. Necesitaba ver a una persona antes de que amaneciera.
Aparqué frente a una casona antigua con biblioteca visible desde la ventana de la fachada. Era la casa del Licenciado Ernesto Morales. Había sido el mejor amigo de mi padre desde la juventud y su abogado de máxima confianza durante más de treinta años. Cuando mi padre enfermó de fibrosis pulmonar, mi madre y Fernanda se encargaron de apartar al viejo abogado con pretextos absurdos, impidiéndole visitarlo en el hospital y contratando a un despacho privado cuyos abogados jamás me dieron la cara.