El despacho de don Ernesto olía a papel antiguo, café tostado y madera de cedro. Acomodé a Sofía en un sillón orejero de terciopelo verde y la cubrí con una manta de lana gruesa que el abogado me alcanzó. La niña apenas se movió; el cansancio emocional la tenía noqueada.
Me senté frente al escritorio de caoba y saqué de mi bolso el extracto bancario arrugado, poniéndolo sobre la mesa como quien deposita una granada a punto de estallar.
Don Ernesto se ajustó las gafas, encendió la lámpara de banquero de cristal verde y tomó el papel. Conforme sus ojos recorrían las líneas judiciales y los montos estipulados, su expresión afable se fue transformando en una máscara de indignación severa.
—¿De dónde sacaste esto, Mariana?
—Sofía lo encontró hoy en la papelera de mi madre. Lo tiraron junto con una tarjeta que mi hija le dibujó a mi madre antes de que Fernanda la sentara en el suelo para comer con los perros.