Toqué el timbre con insistencia. Sabía que el viejo litigante, ya retirado del ejercicio público, tenía la costumbre de quedarse despierto hasta la medianoche leyendo expedientes históricos.
La puerta de madera maciza se abrió lentamente. Apareció el Licenciado Morales, con su cabello completamente canoso, sus lentes redondos colgados de una cadena y un suéter de punto sobre la camisa. Al reconocerme, sus ojos se abrieron con sorpresa.
—¿Mariana? Hija... ¿qué horas son estas? ¿Pasa algo? ¿Quién es la niña que viene contigo?
—Es Sofía, don Ernesto. Perdóneme por presentarme sin avisar, pero no tengo a nadie más a quien acudir en este mundo. Mi padre... mi padre no nos dejó desamparadas, ¿verdad?
El anciano me miró durante unos segundos con una mezcla de tristeza y seriedad. Se hizo a un lado y abrió la puerta de par en par.
—Entra, hija. Acuesta a la pequeña en el sofá del estudio. Hace cinco años que estaba esperando que cruzaras esa puerta.