Don Ernesto golpeó el escritorio con la palma de la mano, haciendo tintinear el tintero de cristal.
—¡Malditas sean! Sabía que eran capaces de cualquier bajeza moral, pero esto sobrepasa todo límite imaginable. Tu padre, Alberto, vino a verme tres semanas antes de entrar al hospital por última vez. Sabía que no le quedaba mucho tiempo. Estaba desesperado por protegerte a ti y a la niña. Sabía que tú eras el alma noble de la familia, la que trabajaba sin quejarse, pero también sabía que tu madre sentía una debilidad enfermiza por Fernanda y por ese mequetrefe arribista con el que se casó.
El anciano se levantó, caminó hacia un librero de metal cerrado con llave y sacó una carpeta gruesa de color beige. La colocó junto al papel arrugado.
—Tu padre me encargó la redacción original del testamento y del fideicomiso —continuó don Ernesto, con la voz cargada de una autoridad aplastante—. Don Alberto dejó estipulado que todos los bienes líquidos, la indemnización por su retiro y la venta de la nave industrial de Atlixco debían concentrarse en una cuenta fiduciaria blindada. Tú debías ser la albacea universal y la administradora única de los recursos de Sofía. Cuando él falleció, me presenté en la funeraria para darte la documentación, pero tu madre y Ricardo me interceptaron con dos guardaespaldas privados. Me dijeron que tú habías sufrido una crisis nerviosa, que estabas internada en una clínica de reposo en Veracruz y que ellos se harían cargo de todo.