La noche cayó sobre la ciudad de Puebla con un manto oscuro y silencioso.

—¿Y el dinero? —pregunté con un hilo de voz—. ¿Cuánto se han llevado?

Don Ernesto sacó una calculadora y revisó las cifras con el ceño fruncido.

—El cálculo es aterrador, hija. Alberto dejó tres millones cien mil pesos en capital base tras liquidar todos sus activos. Ese fondo generaba un rendimiento mensual fijo de treinta y cinco mil pesos mediante instrumentos gubernamentales seguros. Según las fechas de este extracto, tu madre y Fernanda han cobrado cada mes religiosamente durante sesenta y dos meses consecutivos. Eso suma dos millones ciento setenta mil pesos en efectivo líquido retirado mes tras mes. Pero hay algo peor: en marzo del año pasado solicitaron una disposición anticipada de capital argumentando supuestas cirugías reconstructivas para la menor en clínicas privadas. Les liberaron ochocientos mil pesos del capital base.

Me cubrí la boca con ambas manos. Casi tres millones de pesos. Todo el dinero que debía asegurar el techo, la educación universitaria y la tranquilidad de mi hija había sido drenado para pagar los caprichos de una mujer que consideraba que mi niña no merecía sentarse en su mesa.

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