La noche cayó sobre la ciudad de Puebla con un manto oscuro y silencioso.

—¡Jamás salí de Puebla! —exclamé, sintiendo que las lágrimas me quemaban los párpados—. Estuve noches enteras trabajando doble turno en el obrador para comprar los medicamentos de la niña. Cuando Sofía tuvo neumonía a los cuatro años, tuve que empeñar las alianzas de plata de mis abuelos y pedirle prestado a un usurero al diez por ciento de interés mensual. Mientras tanto, mi madre me decía que mi padre no había dejado ni para pagar los gastos del entierro y que yo debía agradecerle por dejarme vivir en el piso viejo de la panadería.

—Te montaron un fraude procesal en toda regla —dijo el abogado con una frialdad técnica que me erizó la piel—. Mira esto, Mariana.

Don Ernesto abrió su carpeta y me mostró copias certificadas del expediente judicial original.

—Cuando tu padre murió, acudieron ante el Notario Número Siete de Cholula, un sujeto con múltiples quejas por prestarse a trámites fraudulentos. Presentaron un certificado médico falso donde aseguraban que tú padecías un trastorno psiquiátrico severo que te impedía administrar bienes patrimoniales. Falsificaron tu firma en un poder notarial de cesión de derechos fiduciarios y tramitaron un juicio sucesorio intestamentario exprés en un juzgado de lo civil donde Ricardo tiene conexiones a través de su bufete corporativo.

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