La noche cayó sobre la ciudad de Puebla con un manto oscuro y silencioso.

Los clientes que a esa hora compraban sus conchas y teleras calientes para el desayuno se quedaron paralizados ante la violenta irrupción. Las dos dependientas del mostrador retrocedieron, asustadas por la actitud de los recién llegados.

—¡Mariana Méndez! —bramó Fernanda, cruzando el área de atención al público sin importarle pasar por encima de la fila de clientes—. ¡Sal de ahí ahora mismo, cobarde!

Don Tomás frunció el ceño con severidad y se interpuso en el pasillo que separaba el mostrador del obrador.

—Oiga, señora, haga el favor de moderar la voz. Esto es un negocio de respeto y aquí la gente viene a comprar pan, no a presenciar escándalos callejeros. Si busca a Mariana, espere a que termine su turno o salgan a la acera.

—¡Cállese la boca, viejo metiche! —espetó Fernanda con una soberbia que dejó a los clientes boquiabiertos—. Este es un asunto de familia y de dinero. Esta empleaducha de tercera nos robó ayer por la tarde y se va a atener a las consecuencias.

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