Salí del área de amasado con paso firme, limpiándome las manos enharinadas en el delantal. No me escondí. No bajé la mirada. Me paré justo detrás del mostrador de cristal, mirando a los tres invasores con una serenidad que contrastaba radicalmente con la histeria que traían encima.
—Buenos días, mamá. Buenos días, Fernanda. Veo que el desayuno de ayer no les cayó muy pesado —dije con una ironía filosa que hizo que varias clientas murmuraran entre dientes.
Mi madre dio un paso al frente, apoyándose dramáticamente en su bastón y llevándose la mano libre a la garganta.
—Mariana... hija desalmada... ¿cómo puedes burlarte después de la crisis nerviosa que me provocaste? Pasé toda la noche con el médico de cabecera haciéndome electrocardiogramas. Tus tíos y tus primos están horrorizados. Nadie en la familia puede creer la bajeza que cometiste. Nos dejaste sin comida delante de las personas más distinguidas del círculo de Ricardo. ¿Sabes lo que es tener que pedir comida rápida para tapar tu berrinche?