Don Tomás, el dueño del negocio, un hombre mayor y bonachón de origen asturiano, se acercó a mi mesa de trabajo mientras yo boleaba piezas de pan dulce.
—Mariana, muchacha, ¿qué tal salió el banquete de ayer? —preguntó con genuino interés—. Te llevaste casi medio horno el viernes. Espero que a tu señora madre le haya gustado la tarta de tres pisos.
Apenas abrí la boca para responder cuando la campanilla de latón de la entrada principal del establecimiento tintineó con violencia desmedida.
La puerta de cristal se abrió de par en par de un empellón brutal.
Aparecieron Fernanda y Ricardo, seguidos de cerca por mi madre.
Fernanda ya no llevaba el vestido dorado de fiesta, sino unos pantalones de lino blanco, gafas oscuras de gran tamaño que apenas disimulaban las ojeras de una noche sin dormir y un abrigo de corte europeo. Ricardo, con traje oscuro impecable pero con el nudo de la corbata flojo y el rostro cenizo, miraba a todos lados con evidente nerviosismo corporativo. Mi madre venía detrás, apoyada en un bastón que rara vez usaba, fingiendo una fragilidad física calculada para despertar compasión.