La noche cayó sobre la ciudad de Puebla con un manto oscuro y silencioso.

—Mariana, déjate de tonterías y entrega lo que tienes —intervino Ricardo, dando un paso adelante y sacando las manos de los bolsillos con ademán intimidatorio. Su voz pretendía sonar profesional, pero le temblaban las aletas de la nariz—. Sabemos perfectamente lo que encontraste en la papelera. Ese papel no tiene ninguna validez jurídica actual; era un borrador preliminar de una cuenta cancelada hace años. Eres una ignorante que no sabe leer un balance bancario. Si pretendes extorsionarnos o manchar la reputación de mi despacho con difamaciones, te aseguro que te vas a pudrir en la cárcel antes de que termine el mes. Devuelve la documentación ahora mismo y firmarás un desistimiento de cualquier reclamo ante mi notario de confianza. Si lo haces, convenceré a tu madre de no denunciarte por el robo de la cena.

Escuché cada una de sus palabras sin parpadear. El silencio en la panadería era absoluto; los clientes habían dejado de pagar, los panaderos habían detenido las batidoras y don Tomás observaba la escena con los brazos cruzados, intuyendo que algo muy oscuro estaba saliendo a flote.

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