Sonreí despacio. Metí la mano en el bolsillo del delantal y saqué varias copias fotostáticas que don Ernesto me había preparado esa misma mañana, engrapadas y foliadas con sellos judiciales vigentes.
—Qué curioso que menciones la cárcel, Ricardo —dije, levantando la voz lo suficiente para que cada persona en el local escuchara con perfecta claridad cada sílaba—. Porque justamente de eso estuve hablando a las siete de la mañana con el Licenciado Ernesto Morales y con los peritos de la Fiscalía General del Estado.
Al escuchar el nombre de Ernesto Morales y de la Fiscalía, la arrogancia de Ricardo se evaporó de golpe. Sus ojos se abrieron desmesuradamente y dio un paso involuntario hacia atrás, chocando contra el exhibidor de pasteles.
—¿Ernesto Morales? —balbuceó mi madre, perdiendo de inmediato la postura de enferma terminal—. ¿Qué tiene que ver ese viejo loco aquí?