La noche cayó sobre la ciudad de Puebla con un manto oscuro y silencioso.

—Tiene que ver todo, mamá —respondí, mirando fijamente a Fernanda, cuyo rostro comenzaba a descomponerse bajo el maquillaje—. El Licenciado Morales conserva los archivos originales del fideicomiso que mi padre dejó para Sofía antes de morir. No era ningún borrador cancelado, Ricardo. Son tres millones cien mil pesos de fondo fijo y una pensión mensual de treinta mil pesos que ustedes tres se han estado embolsando durante sesenta meses a costa del sudor de mi padre y del hambre de mi hija.

Un murmullo estalló entre los clientes de la panadería. Dos señoras mayores se santiguaron ostensiblemente, mientras un hombre que esperaba su café miraba a Ricardo con desprecio evidente.

—¡Eso es mentira! ¡Estás loca! —chilló Fernanda, perdiendo el control y tratando de abalanzarse hacia el mostrador, pero don Tomás le cerró el paso con su corpulencia de viejo panadero asturiano—. ¡No le crean a esta muerta de hambre! ¡Se inventó todo porque es una envidiosa que no soporta ver mi estilo de vida!

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