La noche cayó sobre la ciudad de Puebla con un manto oscuro y silencioso.

Mi madre intentó hablar, balbuceando excusas incomprensibles:

—Mariana... era una broma... tú sabes cómo es Fernanda de bromista...

—No fue una broma, mamá. Fue la demostración de la podredumbre moral en la que han estado viviendo estos cinco años. Me tuvieron trabajando de sol a sol, doblando turnos de noche, creyendo que apenas teníamos para subsistir, mientras ustedes se daban la gran vida con el dinero que mi padre dejó para que a Sofía jamás le faltara nada. Nos trataban como a sirvientas para calmar su propia culpa de saberse unas ladronas.

Saqué del bolsillo del delantal un último documento: la notificación judicial de medidas cautelares firmada por el juez de control esa misma mañana.

—Ricardo —le dije directamente a su marido, quien parecía a punto de sufrir un desmayo en mitad del pasillo—. Eres el titular mancomunado de las cuentas receptoras. Como abogado corporativo, sabes perfectamente lo que significa una imputación directa por enriquecimiento ilícito, operaciones con recursos de procedencia fraudulenta y despojo patrimonial a un menor. A las nueve de la mañana venció el primer término. A esta hora, la Comisión Nacional Bancaria ya tiene la orden judicial de congelamiento total de todas tus cuentas bancarias personales, las de tu bufete y las de mi madre.

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