La noche cayó sobre la ciudad de Puebla con un manto oscuro y silencioso.

El rostro de Ricardo se desencajó por completo. Soltó a Fernanda como si quemara y se llevó las manos a la cabeza.

—¿Hiciste qué...? —gimió el hombre, con los ojos desorbitados por el pánico—. Mariana... no me puedes hacer esto... tengo firmas de escrituras hipotecarias a las once de la mañana... si me congelan las cuentas me revocan la cédula profesional del colegio de abogados... me van a embargar el despacho...

—¡Pues que te lo embarguen! —le respondí con una frialdad demoledora—. Y agradece que no traje a la policía para que los sacara de aquí esposados delante de todo el vecindario. Tienen exactamente cuarenta y ocho horas para reunir el total del dinero defraudado, firmar la restitución íntegra de los derechos sucesorios ante el juez y entregar las escrituras de la casa de mi madre en garantía fiduciaria a nombre exclusivo de Sofía. Si en dos días no está todo depositado, el siguiente banquete que organicen va a ser en el comedor comunal del penal de San Miguel.

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