—¡Tú no vas a negociar nada con esta criada! —gritó Fernanda, zafándose del agarre de su marido con una histeria desatada—. ¡El dinero de mi padre era para toda la familia, no para la bastarda de un hombre que te abandonó cuando quedaste embarazada! ¡Mamá tenía derecho a disponer de esa plata como le diera la gana!
Un silencio sepulcral cayó sobre la tienda.
Hasta los propios clientes se quedaron mudos ante la brutalidad de sus palabras. Don Tomás apretó los puños, visiblemente tentado de sacar a Fernanda a empujones a la calle, pero levanté la mano con serenidad para detenerlo. No necesitaba la fuerza física de nadie; la verdad los estaba demoliendo por dentro.
—Ayer por la tarde —dije, mirando a los clientes y luego directamente a los ojos de mi hermana—, pusiste el plato de mi hija de ocho años en las baldosas del suelo, junto al cuenco de tu perro. Le dijiste a treinta personas que los muertos de hambre no tenían derecho a sentarse a tu mesa. Mi madre se rio a carcajadas mientras tú humillabas a una niña inocente que solo quería darle una tarjeta de felicitación hecha a mano.