—¡Hija del demonio! —rugió Fernanda, levantando la mano con intenciones de abalanzarse sobre mí sobre el mostrador de cristal—. ¡Te voy a matar!
—¡Basta ya, carajo! —rugió don Tomás, plantándose con toda su corpulencia frente a mi hermana y señalando la salida con su dedo enharinado—. ¡Fuera de mi negocio ahora mismo antes de que llame a la patrulla municipal para que se los lleve por alteración del orden y allanamiento! ¡Lárguense de aquí, gentuza!
Varios clientes comenzaron a sacar sus teléfonos móviles para grabar la escena. Al percatarse de que estaban siendo filmados por tres personas distintas, Ricardo tiró con desesperación del brazo de Fernanda:
—¡Vámonos, Fernanda! ¡Vámonos ya, por Dios, nos están grabando! ¡Nos vas a arruinar la vida por completo!
Mi madre intentó acercarse al mostrador, con lágrimas reales de terror corriendo por sus mejillas ajadas: