—Mariana... por favor... soy tu madre... no puedes meter a tu propia madre a la cárcel... qué van a decir mis hermanas... qué va a decir la gente del templo...
—La gente del templo sabrá exactamente la clase de monstruo que eres, mamá —le respondí, sosteniéndole la mirada sin un solo atisbo de debilidad—. Ayer te dio mucha risa ver a tu nieta comer en el suelo junto a un perro. Vamos a ver si te da tanta risa comer en la bandeja de metal de una celda preventiva. Fuera de mi vista.
Ricardo arrastró a Fernanda hacia la calle mientras ella seguía gritando improperios que ya nadie escuchaba, y mi madre tuvo que apurar el paso con su bastón, tropezando con sus propios zapatos ante las miradas de repudio absoluto de los vecinos y clientes que llenaban la acera.
Cuando la puerta de cristal se cerró definitivamente tras ellos, un silencio pesado inundó la panadería.