Don Tomás me miró durante unos segundos con los ojos empañados por la emoción, se acercó a mí y me puso una mano pesada y paternal sobre el hombro.
—Bien hecho, muchacha. Muy bien hecho. Tu padre, dondequiera que esté, debe de estar aplaudiendo de pie. Ahora tómate el resto del día libre; yo me encargo del obrador. Ve a cuidar a esa niña hermosa que tienes.
Salí de la panadería a las once de la mañana. El sol comenzaba a abrirse paso entre los nubarrones grises de Puebla, iluminando las cúpulas amarillas de las iglesias coloniales y secando el pavimento mojado. Por primera vez en cinco años, sentí que el aire entraba limpio y sin opresión en mis pulmones.
Fui a recoger a Sofía a la escuela. Cuando la vi salir por el portón con su mochila de tirantes y su sonrisa limpia, corriendo hacia mí con los brazos abiertos, me agaché en la acera y la estreché con toda la fuerza de mi ser.