La noche cayó sobre la ciudad de Puebla con un manto oscuro y silencioso.

—¿Todo está bien, mami? —preguntó ella, acariciándome la mejilla con sus manitas suaves—. Ya no estás triste, ¿verdad?

—Todo está mejor que nunca, mi cielo —le respondí, besándole la frente—. Todo está exactamente como debió haber estado siempre.

Compramos helados de vainilla y nos sentamos en una banca del zócalo a ver volar a las palomas bajo el sol del mediodía. Sofía comía su barquillo con alegría desbordante, contándome lo que había aprendido en su clase de ciencias naturales, sin sospechar que los cimientos de la familia que la había despreciado se estaban cayendo a pedazos en ese mismo instante.

A las cuatro de la tarde, mi teléfono sonó de nuevo. Esta vez no era un mensaje anónimo ni una llamada de Fernanda; era el número privado del Licenciado Ernesto Morales.

—Mariana —la voz del anciano abogado sonaba agitada, pero cargada de un triunfo electrizante—. El juez de control acaba de admitir todas las medidas precautorias sin reserva alguna. Las cuentas bancarias de tu madre y del despacho corporativo de Ricardo están formalmente intervenidas por la Fiscalía. Pero eso no es todo: Ricardo acaba de llamar a mi oficina llorando como un niño pequeño. Dice que está dispuesto a entregar los títulos de propiedad originales de dos departamentos en Cholula y a declarar judicialmente contra tu madre y contra Fernanda como autoras intelectuales del fraude, con tal de que no giremos orden de aprehensión en su contra.

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